No hace falta ser dos para ser dos.

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Todos deseamos brillar. Enseñarle al mundo que no tenemos aristas. Pero esta apariencia es tan frágil, que nos volvemos exageradamente sinceros en cuanto apagamos la pantalla. Se acaban los aplausos. Se acaba el teatro y aparecen las sombras. Te miras en el reflejo de esa pantalla apagada, y aparece tu peor versión. La que no muestras al mundo, pero que te persigue, por mucho que te vayas a la cama, cierres los ojos y pienses que tu conciencia está limpia y tranquila. Porque no lo está. Vamos haciendo daño por el mundo, con nuestras caras de ángeles y nuestra cola de demonio. Y ahí está la gracia, en el equilibrio. En aceptar que nuestras dobleces hacen bien y hacen mal. Hacen reír y hacen llorar a los que nos rodean. Y que cuando finges y subes tu mejor fotografía, solo estás engordando esa sangre oscura que sigue corriendo, con ritmo sincopado pero constante, por venas y corazones bifurcados. El poder de la dualidad, si lo aceptamos sin reservas, se vuelve natural. Hasta relajante. Parte de esa normalidad tan necesaria

TEXTO: MARTA ESCARTÍN MARTÍN

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