Sobre la justicia

La sensación pública sobre la confianza que tenemos los españoles en la Justicia en nuestro país ha bajado hasta límites insospechados. No creemos que la justicia sea justa en España. Como ejemplo tenemos a muchos jueces anticorrupción corruptos que no dejan sus puestos en los que se han acomodado tanto. O no necesariamente son independientes en su opinión política, cosa que prohíbe explícitamente la Constitución española en el artículo 127 o 159.4 si se trata en miembros del Tribunal Constitucional.

Eso nos supone a los ciudadanos una rabia contra ese poder del estado. La Justicia no es justa. Porque está impartida por personas y las personas tienen un sentimiento y una opinión. No podemos ser del todo justas. Y eso me lleva a un odio contra esa institución. No creo en ella (ni en el poder legislativo ni en el ejecutivo). Mi pesimismo encarado a la política en mi país hace que me den arcadas cuando se aborda cualquier tema político.

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Ha quedado claro que no creo en la justicia de los hombres y mujeres. Pues tampoco creo en el Kharma. No creo en absoluto en una Justicia Universal natural. No por ser tú una buena persona vas a atraer cosas buenas a tu vida. Sí que creo que, al ser una buena persona, puedas estar contenta contigo misma y tranquila por hacer el bien a la gente que te rodea. La prima Oliva siempre dice “Haz bien y no mires a quién”. Pues ese postulado me gusta, a pesar que no espero con ello que la vida me responda trayéndome el bien de nosedónde.

Y por último, tengo un hijo preadolescente. La frase “¡No es justo!” se oye cada día en mi casa.

Navegando un día por internet, no sé dónde encontré la frase de la ilustración. Decía que era de Bruce Lee, aunque he estado buscando y no he encontrado la referencia que lo justifique. Mi hermana, que es muy sabia, me ha dicho que, o es de Bruce Lee o de Churchill, porque casi todas las citas o son de uno o de otro. Pues ahí va, de Bruce Lee.

CONCLUSIÓN: La justicia no es justa en ninguna de sus caras. ¿Qué opinas tú?

 

 

 

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Flores, muchas flores.

Me peino. Pero igual se enreda. Se enreda y me enredo yo. Con desaires y resquemores. Con desamores y desconfianzas. Con los colores más grises de la paleta…
Con lo fácil que es suavizar los nudos y peinarse con las púas del nácar más fino, y aliviar el alma, que pesen menos los incordios que no nos dejan conciliar el sueño y que hacen que la cabeza pese mucho… A no ser que lleguen brisas que traigan flores. Flores, muchas flores.

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Texto: Marta Escartín Martín (a la que el pelo se le enreda igual que se le enreda la vida, aunque siempre lo sabe desenmarañar)

No hace falta ser dos para ser dos.

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Todos deseamos brillar. Enseñarle al mundo que no tenemos aristas. Pero esta apariencia es tan frágil, que nos volvemos exageradamente sinceros en cuanto apagamos la pantalla. Se acaban los aplausos. Se acaba el teatro y aparecen las sombras. Te miras en el reflejo de esa pantalla apagada, y aparece tu peor versión. La que no muestras al mundo, pero que te persigue, por mucho que te vayas a la cama, cierres los ojos y pienses que tu conciencia está limpia y tranquila. Porque no lo está. Vamos haciendo daño por el mundo, con nuestras caras de ángeles y nuestra cola de demonio. Y ahí está la gracia, en el equilibrio. En aceptar que nuestras dobleces hacen bien y hacen mal. Hacen reír y hacen llorar a los que nos rodean. Y que cuando finges y subes tu mejor fotografía, solo estás engordando esa sangre oscura que sigue corriendo, con ritmo sincopado pero constante, por venas y corazones bifurcados. El poder de la dualidad, si lo aceptamos sin reservas, se vuelve natural. Hasta relajante. Parte de esa normalidad tan necesaria

TEXTO: MARTA ESCARTÍN MARTÍN