Magdalena

La tuerta, así la llamaban. En el pueblo tenían una gran tendencia a la socarronería y a la invención de motes. Pero Magdalena tenía dos ojos sanos, rellenos de mar, que siempre miraban desde la distancia. Solía asomarse a la ventana para alimentar una curiosidad hambrienta que tenía desde pequeña y conservaba en la edad adulta. Puedo recordarla allí, estática, con media cara oculta por un abanico que simulaba la cola de un pavo real. Tan llamativa y a la vez tan discreta. Mostrando aquel ojo vivo, grande, y ocultando el otro, el que la gente daba por muerto.

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Texto: Elena de la Cruz (¡gracias!)  Imagen: laperroverde
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