Adela y el bichito verde que le picó

Cuento escrito por: María León Bolívar

En Taluque el sol salía cada día a las 6 de la mañana. Las calles estaban desiertas, o
casi. Los habitantes comenzaban a despertar. Las ventanas de las casas se abrían para
dejar pasar al nuevo día. Los niños perezosos daban sus últimas vueltas en la cama antes
de levantarse para acudir a la escuela. Como Adela, que tenía 7 años y le gustaba ir al
colegio. Le gustaba aprender, aprender matemáticas, escribir, dibujar, pintar, cantar,
tocar la flauta y jugar con sus amigos a la hora del recreo. Pero hacia unos días estaba
algo triste.

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Ese día, como todos, se levantó, se vistió, desayunó, cogió su mochila y se
dirigió a la escuela. Pasó la mañana entre clase de música y lengua. Justo cuando
aprendían que el verbo hacer siembre va con “H” sonó la campana que daba el aviso del
fin de la clase para dar paso al deseado patio y al bocadillo que, papá o mamá, habría
preparado con tanto cariño. Todos corrieron con desayuno en mano en dirección al
patio. Adela fue la última, tan lento era su caminar, que una familia de pequeñas
tortugas la adelantó por el largo pasillo. ¡Pobre Adela! ¿Qué le pasará?

Cuando por fin alcanzó a salir a aquel lindo jardín perteneciente a su escuela, ni el radiante sol de Taluque, que posó sobre ella un rayo de luz, hizo que la triste niña reaccionara. Esa zona del patio era verde, con césped y diminutas florecillas entre blancas y amarillas se alternaban con el verdor. En el centro una preciosa fuente con la figura de un niño con unas preciosas y grandes alas presidia el mágico lugar.

Adela metió su mano en el bolsillo de su bata, sacó su desayuno, un delicioso bocadillo de chocolate. Le quitó el envoltorio y lo cogió con ambas manos, lo dirigió hacia su boca bien abierta y sin mirar. Y allí estaba, el más pequeño de los Wori, escondido entre los dos pedazos de pan del bocadillo y a punto de ser engullido por una cueva oscura y de piedras blancas.

Sí, iba directo a la boca de Adela. ¿Cómo haría para frenar semejante desgracia? Pues muy fácil, si el pequeño Wori se pondría a gritar, Adela lo oiría, lo vería, y lo liberaría de esa trampa mortal. Solo había un pequeño problemilla, y es que ese lindo Wori era mudo ¿Mudo? Sí, mudo. No podía hablar. No era capaz de realizar sonido alguno. Todo estaba perdido.

Adela ya tenía un buen trozo de ese delicioso manjar en su boca ¿y que hizo después? Pues lo que hacemos todos. Morder. Y mordió y el pequeño Wori fue a parar dentro de la boca, pero tuvo mucha suerte, primero porque no fue mordido y segundo, porque no fue a parar a la trituradora, a las muelas. Pero llegaba lo irremediable. Ahora Adela iba a tragar. El pequeño Wori iría a parar a la barriguita de la triste niña. Y Adela tragó, pero esta vez el pequeño Wori fue rápido y cuando iba a ser engullido se agarró fuertemente con ambas manos a lo que llamamos “campanilla” que realmente se llama úvula, que es un músculo que tiene varias funciones. Pues bien, el wori agarrado a la úvula de Adela, provocó que ésta comenzara a toser de forma frenética.

Y fue así como aquél pequeño wori salió disparado de la boca de Adela. Y ésta lo vio salir volando, y asustada por la fugaz aparición, fue corriendo a ayudarlo. Lo primero que tuvo que hacer es limpiarlo. Sí, el pobre parecía una figurilla de chocolate de esas que se regalan por pascua. Lo llevó hasta la fuente del soleado jardín y con toda la delicadeza de la que era capaz lo aseó con su pañuelo hasta parecer de nuevo el pequeño wori. Ya repuesta del sobresalto, Adela pregunto:

– ¿Que hacías en mi bocadillo?

Y nuestro pequeño amigo, claro está, no respondió.

Adela se iba enfadando al no obtener respuesta alguna.

El pequeño wori, desesperado, dio un gran salto y se colocó en la mano de la enfurecida
niña y se tumbó e intentó trasmitir a Adela todo lo que había visto y sentido desde que
la vigilaba a diario hacía ya algunas semanas.

Y allí estaban los dos en silencio con los ojos cerrados dejando circular los sentimientos del pequeño wori a la dulce niña.
Pasados unos minutos, de los ojos de Adela nacieron dos preciosas lágrimas que
rodaron por sus mejillas hacia abajo y fueron a caer sobre una diminuta florecilla de
color amarillo, que empezó a crecer y crecer hasta llegar a la altura de Adela.

Aquella florecilla abrió sus pétalos todo lo que pudo, después abrió sus lindos ojos rosados y le dijo:

– Hola Adela, soy Marga, y estoy aquí para ayudar al pequeño wori. Por si no te
habías dado cuenta, no puede hablar y por eso, para comunicarse contigo lo hace a
través de la las sensaciones. Por favor, debes estar muy atenta a todo lo que quiere
decirte, es muy importante para ti, te va a enseñar algo que debes aprender y recordar
durante toda tu vida y que te ayudará a ser feliz.

Y dicho esto, Marga la florecilla, fue disminuyendo de tamaño hasta volver a su medida original.

El pequeño wori seguía estirado en su mano y con un lento gesto invitó a Adela a permanecer callada con los ojos cerrados y la transfusión de imágenes continuó y las lágrimas volvieron a nacer de los ojos de Adela.

De pronto, sonó la sirena que anunciaba el fin del recreo. Adela abrió sus ojos, dio un suave beso al pequeño wori y lo posó sobre el filo de la fuente. Se dirigió hacia el edificio de la vieja escuela, y antes de empezar a subir las escaleras, se giró, mientras secaba sus lágrimas con la manga de su bata, para dar un último adiós a su pequeño y misterioso amigo. Éste aun la miraba y respondió a su saludo con una gran sonrisa y acto seguido dio un gran salto y desapareció por el jardín.

Adela entro en clase ¿y quién podría estar atento al señor Faustino y sus matemáticas después de semejante aventura? Mientras transcurría la clase con toda normalidad, Adela seguía sumergida en las imágenes y sensaciones que aquel diminuto ser le había trasmitido. Era como si de una película se tratara, donde ella era la protagonista. Era una visión de las últimas dos semanas en la escuela y de su relación con su mejor amiga, Sofía. ¿Por qué aquel diminuto wori había querido que Adela se viera a sí misma en la escuela durante los últimos días? Ella sabía muy bien todo lo que había hecho.

Esas eran las reflexiones de nuestra pequeña Adela. Pero de pronto entendió lo que aquel diminuto ser quiso que viera.

Estos últimos días su amiga, se había llevado muchos elogios de los profesores por su buen trabajo en la escuela, cosa que también le había sucedido en otras ocasiones
a Adela. También había sido el cumpleaños de Sofía y había recibido muchos regalos y
atenciones.

Qué tonta he sido, pensó Adela y entendió que el pequeño Wori había puesto un espejo en sus pensamientos, para que pudiera ver y comprobar el porqué de
tanta tristeza. ¡Había estado celosa de Sofía! Si, había deseado ser como Sofía. Tener los
elogios de los profesores, los regalos… ¡todo!. Había sido picada por ese bichito verde
que no le dejaba ver todo lo bueno que había a su alrededor y tampoco le dejaba
entender que todos somos especiales. Cada uno de forma diferente, Sofía era brillante
en matemáticas, Adela en dibujo y música. Sofía jugaba muy bien a fútbol, Adela
tocaba muy bien la flauta. Y así entendió aquella niña que todos tenemos en nuestro
interior un tesoro. Solo hay que buscarlo y encontrarlo. Y si nos entretenemos en mirar
en lo que hacen los demás, es imposible que encontremos nuestro tesoro interior. Todos
lo tenemos, así que hay que trabajar, a veces mucho, para poder encontrarlo.

Todo el tiempo que dedicamos a desear lo que son o tienen los demás, es tiempo que perdemos en dedicarlo a buscar en nuestro interior. Y así fue como Adela fue picada por un bichito verde que se llama celos y que solo sirve para que estés triste, y lo que es peor, que estés de mal humor con tus amigos.

Así que si tu tesoro deseas encontrar, tiempo has de dedicar y si por bichito verde no quieres ser picado, no desees lo del amigo del al lado.

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